El sábado en la manana fui a gaia, del otro lado del Douro, donde hay una cantidad inmensa de cavas para hacer el famosísimo vino de Porto. Entré a una, con explicación y todo el show y la mejor parte, varios vinos para degustación. Ahí conocí a un par de australianos y un islandés con un nombre extrañísimo e impronunciable al que para fines prácticos llamamos Killy. Comimos juntos, paseamos en un barquito simpatico por el Douro y resulta que justo este fin habia una fiesta en la playa de 40 horas non stop, así que, por qué no? Fuimos.
Estuvo bastante bien. Divertido con muchos locales y aún más turistas.
Ayer, a pesar de la desvelada seguí explorando la ciudad, pero tuve que regresar temprano a descansar porque el cuerpito no me daba para más y qué decir del dolor de cabeza.
Hoy el clima estuvo maravilloso, así que aproveche para pasear por los alrededores de la ciudad hasta donde el río desemboca en el mar. Caminé horas por la playa, comí ahí con vista al mar y brisita marina. Caminé más por la playa, metí mis piecitos al mar helado, caminé en la arena que más bien son puras piedras, así que exfoliación gratis...
Me quedé viendo al horizonte un largo rato, grabando esa imagen en mi memoria con todos los sentidos. No quiero que a mis ojos se les olvide cómo se ven el río, el mar y el cielo juntándose, ni a mi nariz el aroma a mar, ni a mi piel la humedad del aire, el frío del agua y el calor del sol, ni a mis oídos el rugido del viento y el romper de las olas, ni a mi lengua el sabor a sal que lleva consigo la brisa. No quiero dejar de sentir eso que sentí, sentada ahí en una piedra, con mi mente en quién sabe dónde.