En el centro hay un palacio, que era más bien una casita de verano de la familia real portuguesa. Tiene un estilo de lo más curioso, porque tiene mucha influencia árabe pero sigue siendo un palacio europeo. Chistoso, pero bonito, con azulejos en todas las habitaciones y los pisos con mosaicos.
Luego fui a donde termina la tierra y comeinza el mar: a Cabo de Roca, que es el fin del mundo. Por lo menos así lo parece. Es el punto más occidental del continente Europeo. Está increíble. Es, en definitiva, uno de los lugares más maravillosos que he conocido hasta ahora. Su encanto es meramente natural, ya que no hay casi nada creado por el hombre, y su encanto no tiene absolutamente nada de artificial. Estás en la cima de una pendiente rocosa y hacia abajo se ven las olas del mar rompinendo contra las rocas. Si desvías la mirada hacia el horizonte, lo único que se ve es azul y turquesa y un poco más allá, se funden el mar y el cielo, haciéndolo parecer realmente el fin del mundo. Es algo mágico.
Después fui un ratito a la playa de Cascais y vi unas grutas que se llaman Boca do Inferno. Yo me imaginaba algo realmente intimidante, gigante, peligroso....y no. Son a penas unas rocas erosionadas, naturalmente, por el oleaje y se ve totalmente inofensivo e incluso pacífico.
Ya de regreso a Lisboa pasé por Estoril que resulta ser muy famoso por su casino, pero como la verdad es que ni sé jugar ni me gusta apostar, mejor seguí mi camino.
Hoy caminé por un muy buen tramo de la costa de Lisboa, aprovechando que amaneció nublado y las probabilidades de morir de insolación eran bajas. A pesar de eso, estamos a 28ºC y sudé como pocas veces...lo tomo con filosofía y lo pienso como entrenamiento para la india.
Ya casi se me terminan los días en Lisboa y no puedo creer lo rápido que se me ha pasado el tiempo. A veces los días parecen largos, pero cuando me doy cuenta, ya llevo tres semanas de viaje.
En fin, seguiré descubiendo Lisboa y sus maravillas.
Beijos!